
Transcurrían los años 70’s cuando los japoneses dieron por llevar al anime la novela de Johanna Spyri “Heidi” misma que plasmó en su canción de inicio de capítulo una postura filosófica ante la vida.
Pero ¿qué clase de postura se plasmó? Una eudemonia, al más puro estilo de Aristóteles en la Ética Nicomaquea, donde, a diferencia del Estagirita, intenta cuantificar la felicidad.
Pero para llegar a este punto necesita de una autoridad, una fuente de verdades, quizá absolutas, que calme el hambre por el saber. A diferencia de la religión, Heidi acude a su tlamatinine (Dentro de la educación náhuatl eran los sabios quienes mediante la Ixtlamachiliztli, o sea educar, daban o trasmitían la sabiduría a los rostros ajenos) su abuelo, quien aunque ermitaño, es conocedor de los secretos últimos según Heidi.
La canción inicia con una pregunta generadora: “Abuelito dime tu ¿qué sonidos son los que oigo yo?” tomando en cuenta que Heidi vive en Los Alpes suizos podemos suponer que a los sonidos a los que hace referencia, asumiendo que no está bajo los influjos de algún estupefaciente, son los sonidos de un bosque prácticamente virgen, es decir, el sonido de animales, quienes cual sinfonía única, cantan a los oídos incrédulos de la llamada “niña de las montañas”. Pero a esto hay que rescatar la actitud de la niña, pues no conforme con escuchar los sonidos desea indagar a qué corresponden, pues su aprehensión de los mismos sin duda será más fuerte al reconocerlos con un objeto.
Después la siguiente cuestión a su gurú es: “Abuelito dime tu ¿Por qué en la nube voy?” allí es donde uno puede dudar de que no esté afectada por algún estupefaciente. Pero es menester seguir confiando en Heidi y pensar que nos habla en lenguaje metafórico, porque habrá de reconocer su nivel de inteligencia respecto a su edad. Y entonces ¿qué nos quiere decir? En la caricatura efectivamente está encima de una nube, pero después de un análisis general de la obra podemos determinar que se refiere a ir en la nube a mirar las cosas por arriba de ellas, actitud propia del filósofo. Esto es, se abstrae del problema, para mirarlo, para analizarlo.
Avanzamos con el análisis y comentamos la tercera pregunta: “¿dime por qué huele aire así?” desgraciadamente el espectro de la posibilidad de que Heidi esté drogada de nueva cuenta aparece, pero por tercera vez consecutiva le damos el voto de confianza y asumimos que el aire al que hace referencia la pequeña es el aire puro de Los Alpes, pues como se cuenta en la historia, ella llegó con su abuelo a la aldea de Dorfli posterior a que se quedara huérfana, por lo que ya contaba con un factor de comparación respecto a las emisiones atmosféricas.
Proseguimos y aterrizamos a la eudemonía Heidiana, no confundir con Heideggeriana o Hegeliana ¡oh lector profundo!, misma que se plasma con la pregunta cuantitativa que le hace a su anciano abuelo: “Dime por qué yo soy tan feliz”, es aquí donde surge la profundidad de su filosofía. De entrada Heidi asume ser feliz. ¿Cómo lo sabe? No lo explica, pero sí lo siente. Y la otra parte que conlleva esta pregunta es la palabra “tan”. Es allí donde descansa la parte cuantitativa de su felicidad. Y es que juzgue usted lector ¿es posible cuantificar la felicidad? A juzgar por mi experiencia considero negativo, aunque para nuestra niña filósofa parece ser que sí. Y es que su nivel de felicidad, a decir por su alegre canto es enorme, tan enorme que requiere cantarlo para expresarlo.
Pero aún no hemos terminado. Posteriormente ya no realiza una pregunta sino una afirmación. “abuelito, nunca yo de ti me alejaré”. Bien iniciemos el análisis de ello. ¿Es posible prometerle a alguien que jamás nos hemos de alejar de la persona? Yo contrario a la ética heidiana considero que no es posible. Ya Heráclito de Éfeso lo anunciaba: “todo cambia, nada permanece, sólo la ley del cambio” y entonces confiando en las palabras del presocrático si bien Heidi hoy no se separaría de su abuelo ¿qué sería si le ofrecieran una plaza en el IMSS? O si algún partido político, preocupado por el nivel de sus agremiados, decidiera invitarla a ser candidata para algún puesto de gobierno, entonces ¿seguiría pensando en no alejarse del viejo? Ahora, peor aún ¿el viejo deseará ver cumplida la promesa de Heidi? Porque existe la posibilidad de que el anciano conozca a una mujer y desee alejar de su vida a Heidi, por lo que puedo afirmar que esa promesa está en los bordes de lo absurdo.
Después continúa con los cuestionamientos a su tlamatinine. La quinta pregunta es: “¿dime lo que dice el viento en su canción”, como lo dicho líneas arriba la niña suiza nos habla en sentido metafórico. Ella no sólo huele el aire sino que percibe una canción con los sonidos del viento. Sin recurrir al fantasma del estupefaciente, sabemos distinguir que el viento puede “cantar” en el plano de la figura retórica, por lo que asumimos que Heidi le pregunta a su abuelo por la canción ya que éste seguramente al tener tanto tiempo en Dorfli sabe de qué canción se trata, ya que la experiencia hace que el músico conozca el repertorio.
De allí la niña filósofa realiza un par de preguntas de carácter climatológico: “dime por qué llovió, por qué nevó”, parece evidente que el abuelo, el sabio de Dorfli, conoce sobre los climas de su región y puede responder sin ningún inconveniente este diada de cuestiones. La desesperación de Heidi por saber las respuestas impide que procure averiguarlas por su cuenta, con la observación, y prefiere que su fuente fidedigna se lo desvele.
Surge una pregunta que podría tener un doble propósito: “¿dime por qué todo es blanco?”, ¿Pero qué le pasa a nuestra filósofa? Acaso tiene una especie de daltonismo en el que sólo ve blanco las cosas? O ¿Ahora sí está bajo influjos de estupefacientes y todo lo ve del color de la cocaína? No señores, le hemos dado nuestro voto de confianza a la Niña de las Montañas y reconocemos que este cuestionamiento surge de la diada anterior. Una vez que su abuelo le ha explicado cómo surge los fenómenos naturales, ella ante un espectáculo en el que el bosque está cubierto de copos de nieve necesita saber el porqué de que todo lo que sus ojos alcanzan a ver es blanco. Estamos hablando pues, de una verdad relativa a la situación geográfica en la que se encuentra.
Por segunda ocasión recurre a la pregunta de su felicidad, quizá debido a que esta no ha sido respuesta por el Sabio de Dorfli. Aunado a ello renueva su promesa de que jamás se alejará, misma que hemos puesto en duda anteriormente.
Ya en una tercera estrofa, surge una pregunta que revive el que hemos dado por llamar “Fantasma del Estupefaciente”, pues cuestiona a su tlamatinine diciendo: “¿dime tu si el abeto a mí me puede hablar?”, ¿será acaso que en un estado inconveniente Heidi ha escuchado las palabras del abeto? O bien, ¿se tratará de una nueva figura retórica para resaltar la belleza del abeto? Lo único que puedo decir al respecto es que no lo sé y que fiel a la costumbre en este escrito defenderemos a la Niña de las Montañas.
Aún con su hambre de conocimiento vuelve a cuestionar a su abuelo con una pregunta de astronomía: “¿dime tu por qué la luna ya se va”, como podemos asumir el abuelo en su calidad de sabio conoce los secretos del universo como el de la luna misma. Para Heidi, que aunque filósofa, ignora muchas cosas, este cuestionamiento es vital porque al saberlo podrá deducir una serie de razonamientos que esboza en la caricatura, de allí su natural interés por cuestiones de astronomía.
Pero de allí seguimos con complicaciones. Cuestiona al anciano: “¿dime por qué hasta aquí subí?”, esta pregunta tiene dos aristas. La primera nos lleva de nueva cuenta al Fantasma del Estupefaciente, y quiere decir que Heidi está bien arriba, o dicho con palabras más exactas, sí está drogada. Pero ante el compromiso de defender a Heidi y asumir su sobriedad y negación a los psicotrópicos, partiremos de la segunda arista. Ésta tiene que ver con el columpio que aparece en la caricatura. Y es que cualquier niño normal que se haya subido a un columpio reconoce las alturas insospechadas que puede llegar a alcanzar después de un tiempo. Aunque habrá que hacer mención de que en ningún momento se ve de qué se agarra el columpio. Que alguien me explique eso. Yo, ignorante de ello, prefiero realizar epojé y substraerme de hacer juicios de valor que vayan en contra de la intención de esa pregunta tan profunda.
Por último, y como lo vino haciendo en las dos primeras estrofas renueva sus votos de nunca alejarse de su abuelo y de la cuantificación de su felicidad. Pero ¿qué tan feliz era Heidi como para no aspirar a más? Eso, lectores, sólo ella lo sabe.